domingo, 3 de junio de 2012

***SNN






Sin jubilación. Jesús Montero tiene 72 años y desde los 6 trabaja en el campo de Simón Bolívar, provincia del Guayas. Produce guineo y comercializa 40 racimos al día en la vía.
GENERACIONES PERDIDAS. La población rural mayor a treinta años, la que más crece en el país


Las mazorcas de un rojo intenso y brilloso adornan los árboles de cacao que Kléber Monar sembró con el dinero que trajo desde Alemania, y que acumuló gracias a sus grandes dotes de cocinero de pasta italiana y a cientos de horas de trabajo.


En San Francisco y en San José, en Naranjito, la felicidad es casi completa para quienes cultivan la pepa de oro de la que salen los chocolates, excepto para aquellos que no tendrán a quién dejar a cargo de esas fértiles fincas.


Hasta los delincuentes fueron barridos de esa tierra de olor a piña criolla y "melao" de caña, que las generaciones jóvenes parecen no estar interesadas en cultivar.


A Kléber se le fueron sus dos varones a Guayaquil. Solo se quedó con su hija menor, de 7 años. El uno tiene 25 y es arquitecto y el otro cumplió 22 años y está en segundo año de universidad.


En Naranjito, Jujan, Simón Bolívar, Yaguachi, Daule, Santa Lucía, Nobol, Babahoyo, Ventanas, Vinces, Quevedo, Jipijapa, Portoviejo, Machala, Santa Rosa, Pasaje, en todo el campo, la población que más crece es la mayor a 35 años. Lo revelan los censos de 2001 y 2010, del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC).


Mientras la población rural de entre 1 y 4 años creció a un ritmo de 2,5% y la de 15 a 19 un 11,8%, aquella del rango de 35 a 39 lo hizo al 22,53%. Para la gente que tiene entre 55 y 59 fue 36,60% más en ese lapso.


El consultor Ney Barrionuevo señala que al envejecimiento de la población rural se suma un agravante: los jóvenes con educación o los más calificados y emprendedores se van, y los que quedan son, en un alto porcentaje, analfabetos funcionales.


"Es difícil que la gente joven se quede en el campo, hay que crear incentivos, hacer más rentable la agricultura y dar salud, educación, servicios básicos, tecnología", señala Romeo Sánchez, un exfuncionario del Ministerio de Agricultura y Ganadería, quien ahora asesora a los productores de Daule en el control del caracol y enfermedades.


Hay que retener a las 5,39 millones de personas de las zonas rurales y garantizar la seguridad alimentaria. "No hay otra manera", recalca.


Volver los ojos al agro. La gente del campo se está yendo a las ciudades. Kléber Monar sacó de San Francisco de Naranjito a sus hijos porque, como todo padre, tiene la ilusión de que progresen.


Con el dinero que logró juntar en su época de siete años como cocinero en Europa compró 17 hectáreas en el 2007 y sembró el cacao de ramilla que le da para vivir bien, porque el precio, aunque bajó de 120 a 85 dólares por quintal, todavía es rentable. También le trabaja las siete cuadras a su madre, Flora Tréllez, quien no se iría del campo "por nada del mundo".


Cuando Kléber partió a Europa lo hizo pensando en Jacson y Jéfferson, porque no tenía nada, lo poco que había era de sus padres y él tenía que trabajar en una finca que arrendaba. Eso le daba para los estudios de sus hijos, pero ellos querían ir a la universidad.


Como él, se fueron cinco de sus siete hermanas. Unas a España y Alemania y las otras dos a Guayaquil. Ahora solo van de paseo a la finca.


El 20,8% de la población de más de cinco años que realiza alguna actividad económica se dedica a la agricultura, es decir, 1'268.519 personas. Entre ellas está Jesús Montero, quien a sus 72 años aún recorre los recintos de Simón Bolívar y hasta de Babahoyo en bicicleta y se echa un racimo de guineo criollo al hombro.


Vive en Sapote Grande, donde ya a los jóvenes no les gusta el campo. En Santo Domingo de los Negros y Los Ángeles "para adentro, alzan la polla y se van a España, a Guayaquil. Muchos venden sus matas y se van".


Salvar las generaciones. Astolfo, en cambio, pertenece a una de las cuatro generaciones de los Pincay.

Desde los 18 se dedica a la caña. Les ha enseñado a sus cinco hijos que con decisión y fe en Dios todo es posible. También les ha inculcado y enseñado cómo se trabaja el campo. El resultado: tres están involucrados directamente y dos indirectamente en el negocio de la caña de azúcar.


La familia Pincay, por tradición, ha trabajado la caña. Su abuelo, César Santos Pincay Villanueva, en los albores de 1900, llegó desde Manabí y se radicó en lo que hoy es el cantón Naranjito.


Durante dos décadas impulsó en ese sector la cañicultura, con un trapiche artesanal que producía panela. En 1940 extendió sus cultivos: adquirió tierras en el sector Nueva Fortuna y compró una propiedad junto al río Barranco Alto, que hoy pertenece al cantón Marcelino Maridueña, muy cerca del ingenio San Carlos.


Parte de esa hacienda está en manos de Astolfo y produce 115 toneladas de caña por cada hectárea. Pero además de inculcar en la cabeza de las generaciones futuras la agricultura, cree que es importante el trabajo de los gremios.


Y pone un ejemplo: la Unión Nacional de Cañicultores ha logrado tener un centro de investigaciones donde se generan nuevos clones, se crían insectos benéficos, tiene un banco de germoplasma, realiza el control del peso de la caña y además le da asesoramiento a los productores.
"Lo que ha hecho el gremio es ayudar a mejorar la producción para que la cañicultura sea rentable y la gente se quede en el campo. ¿Qué hacemos si las grandes ciudades crecen y no hay desarrollo en el campo?", comenta. Por eso él sigue viendo hacia el campo.




Fuente: EXPRESO*



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