domingo, 15 de diciembre de 2013

De militares, cifras, cuentas y necesidades

***SNN





Orlando PérezPOR Orlando Pérez

orlando.perez@telegrafo.com
@OrlandoPerezEC


Costa Rica no tiene ejército. Colombia tiene uno poderoso. Brasil ahora se plantea un proyecto militar estratégico para defender el agua. México vive la paradoja de militarizar las operaciones policiales para acabar con la violencia y el narcotráfico, y al mismo tiempo intentar gastar menos en armas. Bolivia tiene unas fuerzas armadas de acuerdo al tamaño de sus necesidades y se plantea otras alternativas de seguridad y defensa de su soberanía.



¿Y Ecuador? ¿Qué tipo de ejército, marina o aviación requiere para estos tiempos? ¿Tras el fin del conflicto con Perú  y la posibilidad de un acuerdo pacífico en Colombia entre el Gobierno y las FARC  es posible seguir sosteniendo el mismo número de pertrechos e infraestructura militar? ¿Cuánto le cuesta al país las Fuerzas Armadas? ¿En ese gasto cuántos privilegios se conservan para determinados cargos? ¿Todavía se manda de paseo al exterior a los recién graduados coroneles con sus esposas?



La débil discusión pública que acarreó el llamado Libro Blanco (reducida a determinados grupos académicos y especialistas en temas militares) no consideró una visión de Estado para el siglo XXI en la nueva era política del mundo.



Por las reacciones al video publicado por el Comando Conjunto el jueves pasado, algunos sectores todavía imaginan a las Fuerzas Armadas como ese ‘arbitro de la democracia’. Algunos ‘twitteros’ y supuestos analistas (en realidad opositores encarnizados) se encantaron con el video. Llegaron a decir que al fin los militares recuperaron su dignidad y pararon al tirano. ¿Soñaron con un golpe militar? ¿Imaginaron ya un reprise del 30-S?



Por lo pronto, hace falta entender, desde la misma visión de los militares, qué tipo de Fuerzas Armadas necesita esta sociedad y si  deben ser del tamaño actual para funciones y tareas que requieren otros talentos y hasta tecnologías.



Es público y notorio que al interior de nuestras Fuerzas Armadas y Policía hay tensiones por diferencias entre mandos, por determinadas tareas, visiones y hasta celos. No son un cuerpo monolítico y uniforme en toda su extensión. Y por lo mismo, cuando se habla de espíritu de cuerpo, se alude a una tradición que rebasa la lógica del momento actual y sus circunstancias políticas.



Una nación de esta época, pacífica y en plenos acuerdos y proyectos conjuntos con los países vecinos, no puede armarse hasta los dientes, pero tampoco debe dejar de vigilar sus fronteras.



El Ecuador de ahora, en materia de seguridad, tiene algunas matrices críticas, que no pasan precisamente por un agrandamiento de la fuerza pública tradicional. De hecho, con las nuevas tecnologías y algunos procesos de políticas públicas, esas matrices han gestado algunas acciones por fuera de la tradicional práctica de cuerpos poderosos y equipados con las más caras armas. 



Si los militares tienen una responsabilidad histórica y un legado de defensa e integridad es precisamente porque acompañaron los procesos políticos con y desde una visión integral y patriótica. 



Cuando hay que luchar por acabar con injusticias y desmanes no cabe duda de que arrimar el hombro es indispensable, pero cuando también hace falta acabar con privilegios y desequilibrios a la hora de resolver problemas puntuales (algunos nuevos) también hay que contar con las Fuerzas Armadas para generar también, en las familias de los militares, esa seguridad ciudadana y bienestar colectivo. 



Supongamos que el mecanismo para plantear una reducción del personal militar no fue el adecuado, ¿pero no fue más inadecuado que el Comando Conjunto pusiera en YouTube su proclama?



Fuente: EL TELÉGRAFO



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